DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO A
¿CORRESPONDEMOS AL AMOR QUE DIOS NOS TIENE?
HOMILÍA DOMINICAL
Primera Lectura: Isaías 5,1-7: “La viña
del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres
de Judá su plantel preferido”.
Salmo 79: “La viña del Señor es la casa de Israel”.
Segunda Lectura: Filipenses 4,6-9: “Y la paz de Dios, que sobrepasa
todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos
en Cristo Jesús”.
Evangelio: San Mateo 21,33-43: “Por eso os digo que se os quitará a
vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca
sus frutos”.
Historia de amor de Dios con la humanidad. La lectura tomada del profeta
Isaías y el evangelio de este día ponen ante nuestros ojos
una de las grandes imágenes de la sagrada Escritura: la imagen de
la vid. La lectura del profeta Isaías dice que Dios plantó una
viña. Es una imagen de su historia de amor con la humanidad, de su
amor a Israel, que E eligió. Por consiguiente, el primer pensamiento
de las lecturas de hoy es este: al hombre, creado a su imagen, Dios le infundió la
capacidad de amar y, por tanto, la capacidad de amarlo también a él,
su Creador. Con el cántico de amor del profeta Isaías, Dios
quiere hablar al corazón de su pueblo y también a cada uno
de nosotros. La lectura de Isaías habla ante todo de la bondad de
la creación de Dios y de la grandeza de la elección con la
que El nos busca y nos ama. Pero también habla de la historia desarrollada
sucesivamente, del fracaso del hombre. Dios plantó cepas muy selectas
y, sin embargo, dieron agrazones. Y nos preguntamos: ¿En qué consisten
estos agrazones? La uva buena que Dios esperaba -dice el profeta-, sería
el derecho y la justicia. En cambio, los agrazones son la violencia, el
derramamiento de sangre y la opresión, que hacen sufrir a la gente
bajo el yugo de la injusticia.
La descripción del evangelio contiene una gran riqueza simbólica. La imagen de la viña del evangelio de hoy está tomada de Isaías.
El significado de las figuras simbólicas que aparecen en esta alegoría
es el siguiente: el propietario de la viña representa a Dios; la
viña a Israel; la plantación y trabajos del dueño en
favor de ella muestran la solicitud y el amor de Dios por el pueblo elegido;
los labradores encargados de que la viña produzca, son figura de
los dirigentes; el fruto, como lo indica el paralelo de Is. 5,7, es el amor
al prójimo, es decir, el derecho y la justicia; los criados enviados
por Dios representan a los profetas; su repetido envío señala
la constante llamada de Dios a la conversión; el Hijo y heredero
es Jesús el Mesías; «El tiempo de la vendimia» es
el momento de los frutos. Dios pide cuentas a los dirigentes; envía
dos grupos de criados, que pueden corresponder a los profetas de antes y
después de la deportación a Babilonia. Los malos tratamientos
que sufren por parte de los labradores marcan una progresión ascendente:
apalear, matar, apedrear, mostrando el empeoramiento progresivo de las relaciones
del pueblo con Dios. Tanto en el judaísmo como en el cristianismo
primitivo se habla de la lapidación de los profetas La expectación
del dueño se ve defraudada. Los labradores reconocen inmediatamente
al hijo; no hay vacilación, pero deciden matarlo. Su crimen no es
consecuencia de un error trágico; tienen plena conciencia de la gravedad
de su acción. Quieren ser ellos los únicos dueños y
señores de la viña, del pueblo de Dios.
La parábola se refiere directamente a los dirigentes de Israel,
pero indirectamente toca también al pueblo, en cuanto éste
se deja arrastrar y participa de la infidelidad de sus dirigentes. «Echar
fuera de la viña» indica la exclusión de la sociedad
judía que los dirigentes decretan contra Jesús. Se juzga al
hijo indigno de vivir y aun de morir dentro de su heredad.
La parábola tiene su aplicación actual. Muchos nos resistimos
a reconocer nuestro mal camino, no nos gusta reconocer nuestros fallos
y rechazamos en la práctica el mensaje del Evangelio. Otras veces
queremos adaptar el Evangelio a nuestra vida, en lugar de adaptar nuestra
vida a
lo que nos pide la Palabra de Dios. Somos unos maestros en hacer componendas.
A nosotros, los hijos de la Iglesia, nos echa Jesús la misma responsabilidad
que tenían los judíos en tiempo de Jesús. La parábola
nos lo dice claro. Por una parte, la Iglesia tiene la misión que
tenía Israel de hacer llegar a todo el mundo el Reino de Dios. La
Iglesia debe ser misionera. Por otra, la Iglesia debe ser fiel a Jesucristo,
abundando en frutos de santidad, como lo espera Dios. Los hijos de la
Iglesia debemos ser santos. La Iglesia debe anunciar a todo el mundo que
Jesucristo,
el que fue crucificado, es ahora el Resucitado y el Salvador del mundo.
Debe llevar a todos el anuncio de la salvación que trae Jesucristo,
desmintiendo a todos los que vienen con otros mesianismos distintos del
de Jesucristo. Jesucristo es la última palabra de Dios, y no se ha
dado ni se dará a los hombres otro Nombre con el que puedan ser salvos. Amén.
Tomado de www.betania.es
Por José María Martín OSA
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