DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO B

HOMILÍA DOMINICAL

LA MARAVILLOSA EXPERIENCIA DEL ENCUENTRO CON JESÚS

 

1ª. Lectura: Jeremías 31, 7-9: Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos

Salmo 125:  El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.

2ª. Lectura: Hebreos 5, 1-6: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec

Evangelio: Marcos 10, 46-52: Maestro, haz que pueda ver.

 

Alegría y agradecimiento por la ayuda de Dios. Jeremías, en la primera lectura, nos hace escuchar un anuncio de salvación para el pueblo que ha pecado, pero, sobre todo, ha sido perdonado. Como signo de este perdón regresa, conducido por Dios, a retomar su tierra de donde había salido cincuenta años antes. Entre quienes regresan están, con un gran significado, los pobres, cojos y ciegos que son los primeros que, experimentando el gran don de la vida y la libertad, reconocen que Dios es el Padre de la vida, porque nadie, fuera de Él, es el autor de esta maravilla. En la historia de la salvación sólo a la luz de la fe y de la Revelación puede el hombre descubrir los designios amorosos de Dios en los acontecimientos de la vida. El anuncio de la inminente liberación está formulado por el profeta con una invitación litúrgica a celebrar y alabar al Señor, porque ha cumplido su obra a favor del pueblo elegido. La felicidad de Israel proviene únicamente de la bondad y omnipotencia de su Dios tanto en el pasado como en el futuro. A Él va dirigida toda la alabanza y toda gloria. El profeta es el primero en verlo y celebrarlo: “Gritad de alegría... regocijaos, proclamad, alabad y decid: el Señor ha salvado a su pueblo”. El Salmo 125 también agradece la obra de Dios: “Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar, la boca se nos llenaba de risa, la lengua de cantares”. En la liturgia cristiana siempre cantamos con alegría al Señor, pero ¿somos de verdad agradecidos?
Jesús, Mediador nuestro implicado en nuestra vida. La segunda lectura nos expone el sacerdocio de Jesucristo, que siempre intercede por nosotros. Él es el gran Mediador entre Dios y los hombres. Es Testigo del Padre y hermano nuestro. Todos hemos observado cómo en casa y en el colegio el hermano mayor cuida del pequeño y lo protege. Esto es lo que hace Jesús con nosotros. Ofrece el sacrificio de su vida por todos nosotros. Un Sumo Sacerdote de la Antigua Alianza ofrece el sacrificio también por sus propios pecados, pero Jesús no tiene pecado. El es ahora el único Sumo Sacerdote, que ha ofrecido un sacrificio irrepetible y perfecto que cierra una alianza, también única, que consagra al pueblo rescatado con su sangre, por ella lo absuelve absolutamente y lo restablece. Su entrega es absoluta por nosotros, para liberarnos y darnos la salvación. Con El a nuestro lado no hemos de temer jamás, como también se siente protegido el hermano pequeño cuando siente que hay alguien que cuida de él y le defiende
Hay mucha cercanía entre un ciego y un creyente. La tradición cristiana ha visto en esta escena evangélica una viva imagen del proceso o camino de la fe y de la conversión. Hoy se nos ofrece una invitación a permanecer, como el ciego, atentos al paso del Señor que viene continuamente a nuestro encuentro. Como el ciego, es posible que muchos de nosotros hayamos perdido la visión de la fe. Tal vez en lugar de fe tengamos a lo mucho una mera cultura cristiana. Necesitamos recorrer el camino de conversión para optar por seguir radicalmente a Cristo, como Señor, Maestro y Salvador. Notemos que el ciego, que ya conocía a Jesús de oídas, apenas se percata de su cercanía, proclama su fe en Él declarándolo Hijo de David, es decir, Mesías. Ante la presencia de Jesús, renace la esperanza de verse libre de su ceguera. Su grito reclamando compasión es la expresión a la vez de su fe y de su esperanza. Ser compasivo no es "tener pena" sino ponerse en camino con quien te encuentras en tu camino demandándote comprensión y ayuda. Es lo que hizo Jesús.
Tirar el manto y encontrarse con Jesús. La oscuridad de nuestro ciego no le impidió detectar la divinidad de Jesús. Fue un descubrimiento desde el vacío y el desposeimiento. Las cosas materiales muchas veces nos pueden alejar del Señor. El manto bien puede significar esas escasas seguridades que nos hacemos en la vida, las cosas que nos dan tranquilidad, las rentabilidades que hemos ido eligiendo en la vida. Es necesario en primer lugar un encuentro con uno mismo, reconocerse tal cual somos, sin máscaras, sin tapujos, sin doble lenguaje ni doble moral. Los demás también pueden salir a nuestro encuentro. Ayudar a quitarse el manto y dar un salto en la dirección indicada, escuchando las palabras de ánimo de los discípulos, es también la misión de la Iglesia. La comunidad eclesial tiene que ser la animadora del encuentro con Jesús. La Iglesia no está para condenar sino para acercar al ser humano hacia sí mismo, hacia los demás y hacia Dios. ¡Qué distinta sería muchas veces nuestra vida cristiana y nuestra acción pastoral si fuésemos más animadores que condenadores! Tenemos que decir al que busca a Dios: "- Ánimo, levántate. Te está llamando." Muy probablemente el ciego no sabía la distancia a la que estaba Jesús y fueron los demás los que haciendo el papel de lazarillos le condujeron hasta Él. La Iglesia lazarilla a través de los siglos ha mostrado y ha acercado a millones de ciegos a Dios. El tercer encuentro que se produce es el personal, con Dios. Jesús le manda irse y le dice que por su fe ha sido curado. Es la Palabra que cura y envía. Todo encuentro con Dios está siempre lleno de envío, de curación y de fe. Ante la misericordia de Dios, manifestada en Jesús, no le queda otra cosa que el seguimiento como discípulo. ¿Cuáles son las cegueras personales en tu vida? ¿Cómo puedes superarlas para que se produzca el encuentro con Jesús?

 

Amén.

Tomado de www.betania.es

Por José María Martín OSA


 

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